Escuelas taurinas, ilusionante diversidad

Escuelas taurinas, ilusionante diversidad

Por Carlos Bueno

Que las escuelas taurinas unifican la personalidad de los chavales es una creencia demasiadas veces tenida por dogma que nada tiene que ver con la realidad. Es evidente que hay una técnica válida para todos los toreros sea cual sea su estilo y que es necesario conocerla para poder expresar el concepto que cada cual lleva dentro. Hay que aprender a defenderse de algunos astados, a cuidar a otros, a provocarlos, a afianzarlos, a provecharlos. Y para ello es imprescindible conocer los distintos comportamientos que pueden ofrecer, sus posibles reacciones, querencias, terrenos, alturas.

Y eso es lo que enseñan en las escuelas. Teoría, mucha teoría, y cuando puede ser algo de campo y clases prácticas para que los alumnos tengan ocasión de torear de verdad y para que los profesores comprueben su evolución. Pero la personalidad no se enseña, o se tiene o se carece de ella, y a nadie se le puede convertir en un Ponce o en un Cordobés a base de didáctica, a nadie se le puede pedir que dibuje una media morantista si no lo siente en su interior ni que se ponga a portagayola si no tiene el valor suficiente para ello.

Las últimas dos novilladas sin picadores celebradas en Algemesí han sido el mejor ejemplo de ello. Cuatro de los cinco actuantes en ellas pertenecían a la escuela de tauromaquia de Valencia, y cada cual parecía llegar de un punto diferente del planeta. Todos despertaron grandes expectativas entre los aficionados a pesar de que cada cual poseía un sello bien distinto. Y si hubo uno que cautivó a los tendidos por encima del resto fue porque con su actitud desprendía una disposición, una sinceridad y una frescura magnéticas. El secreto no fue otro que aquello tan manido de “estar en novillero”, arrollar, avasallar, querer por encima de todo aún despreciando la propia integridad física. Esa era su personalidad, pero siempre bajo el amparo que confiere tener una mínima técnica, al menos estar aprendiéndola.

Es de agradecer que salgan chavales tan decididos, con tantas ganas, tan entregados. Y es de agradecer que en las escuelas no les teledirijan hacia una única concepción del toreo. Afortunadamente la época de forjarse a vida o muerte en las duras capeas de los pueblos ya pasó. Aquello de ponerse delante sin apenas conocimientos ya es historia. Ahora las escuelas preparan a los más noveles para que su futuro dependa de ellos y no únicamente de seguir vivo después de enfrentarse a un pavo resabiado en la calle de cualquier villa.

Y por suerte las escuelas tienen claro que hay que respetar el concepto que cada alumno posea, y que será mejor cuantos más toreros diferentes haya porque en la diversidad está el gusto y el futuro. Y la tauromaquia goza de un porvenir halagüeño atendiendo a los frutos que están dando las escuelas. Hay una cantera viva e ilusionante. Si el resto del organigrama taurino gozase de tan buena salud no habría quien pudiese con la tauromaquia. Pero ese es otro tema.

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