La FITA, una quimera perenne

La FITA, nueva perenne

Por carlos Bueno

La Federación Internacional de Fútbol Association, universalmente conocida por sus siglas FIFA, es la institución que gobierna las federaciones de balompié en todo el planeta, el organismo rector de este deporte a nivel mundial. Se considera que el fútbol moderno nació en 1863, cuando en Londres se celebró una reunión entre doce clubes de distintas escuelas londinenses con el objetivo de crear un código universal y definitivo que tuviera la aceptación de la mayoría. En 1871 se celebró la primera edición de la Copa de Inglaterra, y en 1872 Escocia e Inglaterra disputaron el primer partido oficial entre selecciones nacionales. A finales de los años 1880 el fútbol comenzó a expandirse fuera del Reino Unido. A España llegó en 1913, y su auge había motivado la creación de la FIFA el 21 de mayo de 1904. Es decir, que el deporte rey mundial es relativamente reciente.

Si hablamos de toros, los documentos más fiables con los que se cuenta datan en 1080 la primera lidia organizada -por su puesto toreando a caballo- y en 1135 la primera función real. Los primeros matatoros a pie aparecieron en Aragón en el siglo XIV. Francisco Romero inventó la muleta a finales del siglo XVII, su hijo Juan Romero fue el primero en reglamentar las cuadrillas, y a principios del siglo XIX Paquiro se convirtió en el gran legislador de la lidia. Pues en todo este tiempo, en todos estos siglos, los profesionales del toreo no han tenido narices a crear una FITA, Federación Internacional de Tauromaquia Association.

Y así, mientras la “joven” FIFA da una lección de autogestión y dictamina qué es un fuera de juego o un penalti se juegue en Alemania, China o Costa de Marfil y con independencia de quien gobierne en cada país, el ancestral sector taurino sigue sin un organismo propio que paute el toreo de forma única, universal y definitiva. El caso de la FIFA vale también para el tenis, el ajedrez o la petanca, pongamos por caso, pero el pasotismo de la hipotética FITA no tiene parangón.

A día de hoy son los políticos de cada Comunidad Autónoma quienes gozan de la potestad de regular la tauromaquia, sean buenos aficionados, desconocedores absolutos de la materia o antitaurinos confesos. De hecho, se da el caso de que la Comunidad Valenciana esté preparando su Reglamento Taurino y la andaluza el suyo, que el País Vasco tenga uno y Cataluña ninguno, o lo que es peor, que en Baleares pretendan imponer unas normas estrambóticas cuya única finalidad es la de acabar con los toros en esa autonomía.

El lobo ha asomado las orejas y aquí nadie parece haberse asustado lo suficiente como para ponerse las pilas de verdad. La táctica es dejar que pase el tiempo a ver si todo vuelve a una calma chicha tranquilizadora que permita seguir con la actividad sin demasiados sobresaltos ni esfuerzos. Si hay que poner algún parche se pone, pero revoluciones ni una.

El sector taurino tiene una fuerza gigantesca a nivel económico, laboral, medioambiental, social… y nadie sabe cómo utilizarla para pautar la lidia desde dentro y a nivel mundial, y a la vez dejar en fuera de juego a políticos que, bien intencionados o con el peor de los propósitos, no deberían entrometerse en este asunto del mismo modo que no se inmiscuyen en dirigir el fútbol, el tenis, el ajedrez ni la petanca.

Curro Romero siempre confesó que jamás en su vida se había leído un reglamento, y que en esta materia los toreros se han dejado comer el terreno porque “el que realmente sabe es el que se pone delante del toro”. Estoy con Curro, pero siglos después del nacimiento de la tauromaquia todo sigue igual, o peor. Al menos en los siglos XVIII y XIX Juan Romero y Paquiro, entre otros, legislaron las primeras normas de la lidia sin subyugarse a los gobernantes. Desde entonces la abulia ha sido tal que los políticos, además de politizar el toreo, han conseguido tener la potestad de regular la tauromaquia, y no siempre lo hacen a favor. Y en pleno siglo XXI el inmovilismo continúa. ¡Qué cosas!

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