No hablemos de incongruencia, hablemos de afición

No hablemos de incongruencia, hablemos de afición

Paco Delgado

Aunque la línea que separa ambos conceptos es, en el caso que nos ocupa, tan delgada que ni siquiera el funambulista Puigdemont podría hacer equilibrios sobre ella, el tratar de ver siempre la botella medio llena obliga a pensar que estamos ante un claro ejemplo de afición antes que frente a una hecho incomprensible para nadie.

La cosa es que, según publica el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes en su Anuario de Estadísticas Culturales, en la temporada taurina correspondiente a 2016 se celebraron 1.736 festejos, de los que casi 400, 394, fueron corridas de toros, 184 consistieron en corridas de rejones y 232 novilladas con picadores. En el resto se incluyen corridas mixtas con rejones, becerradas, novilladas sin picadores o espectáculos cómico-musicales. Bueno, sigue la curva descendente, pero más allá de eso no parece que haya nada raro. Pero sí que parece haberlo si se tiene en cuenta otro dato que aparece en esa relación ministerial: y es el número total de profesionales taurinos inscritos en el Registro General de Profesionales, que ascendió a un total de 10.481 personas dedicadas de una u otra forma al toreo. 820 se corresponden con matadores de toros; 3.083 novilleros con o sin picadores; 401 rejoneadores; 2.893 banderilleros y picadores; 176 toreros cómicos y 3.108 mozos de espada, cifra que representa casi la tercera parte del total de inscritos en el Registro.

Visto desde fuera y con cierta perspectiva, se diría que hay una evidente desproporción entre el número de festejos celebrados y el de gente que se dedica a esto. Si, por ejemplo, nos paramos en las corridas de toros, vemos que la relación entre funciones y matadores es de casi el doble de toreros que de corridas, siendo mayor el asombro si se observa que de esos más de 800 diestros sólo hubo menos de 150 que torearon en al menos una. Y algo parecido, o más exagerado todavía, sucede con las novilladas -categoría en la que más de 3.000 aspirantes se repartieron de forma desigual los poco más de dos centenares de festejos de este nivel que se celebraron- o con los festejos de rejones, de los que siempre me ha asombrado la enorme cantidad de rejoneadores dada la poca -y en muchos casos nula- rentabilidad -al menos de manera directa, es decir el cobrar por
rejonear- que tiene el participar en este tipo de espectáculos. ¿Qué hay detrás de este rito que atrae no sólo al público, sino a tantas personas a dedicarse, o a intentarlo, a ello?

Está claro que no se pueden analizar estos datos a la fría luz de la economía o la ciencia: ser torero es algo a lo que no se puede dedicar cualquiera -ser torero es imposible y figura, un milagro, dicen que decía Juan Belmonte…- pero tiene algo mágico que atrae:
el torero sigue siendo mítico y cuando expresa la valentía, el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen, explicó Enrique Tierno Galván, sociólogo, jurista, ensayista y alcalde socialista de Madrid (y autor de un libro sobre tauromaquia, para que luego vengan los progres y digan que, entre otros disparates, hay que prohibir los toros porque son un espectáculo de derechas…). Tampoco es sospechoso de ser conservador Pedro Almódovar, cuya producción tiene un buen número de cintas con el toro como fondo, y que tenía claro que los españoles respetan mucho más el mundo de los toros que el de la religión: “Si tuviera que decidir, el español no beatificaría al inventor del Opus Dei, sino a un torero”.

Y aunque esta profesión ya ha dejado de ser el único modo de ascensión social que hubo por estos lares hasta no hace tanto, está claro que engancha, que atrapa y que tiene algo muy especial, hasta el punto de hacer realidad no sólo una función en la que un hombre vestido con medias rosas y armado sólo con un trapo y un estoque se enfrenta a un animal que quintuplica su tamaño, sino también a dar sentido a unas cifras desproporcionadas, disparatadas e ilógicas.
Pero no reflejan incongruencia, demuestran bien a las claras la gran afición que, pese a todo y a tantos, en este país todavía llamado España sigue habiendo afición. Mucha.

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