Milagro a las cinco

Milagro a las cinco

Paco Delgado

Muchas han sido las imágenes que deja para el recuerdo y la posteridad la presente edición del larguísimo serial isidril, en el que hubo no pocos triunfos -unos con correspondiente puerta grande, otros sin ella pero no por eso menores-, abundantes notas de interés y también, como es normal, algunos fracasos. En toros y toreros. Y hasta en presidentes y responsables de distintos aspectos organizativos de la feria.

Pero no quiero ahora entrar en detalles de resumen, ni de contabilidad ni análisis, sino escribir de una foto que me impactó y, una vez más, me hace ver a los toreros como algo muy por encima del común de los mortales, algo extraordinario y no al alcance de cualquiera.

Me refiero a una instantánea, seguro que la han visto ya, en multitud de sitios y desde diferentes ángulos y perspectivas, en la que Rafael Rubio “Rafaelillo”, aparece luchando a brazo partido contra un impresionante toro de Miura en la plaza de Las Ventas.

La imagen es, desde luego, espectacular y se captó en la corrida del pasado día 3 de junio. Era el primer toro de la tarde, colorado y, como dicta el tipo de la casa, largo, vareado y alargado. Agalgado en argot. Ya dejó claro en el primer tercio que había que tener cuidado con él, que no admitía confianzas ni hacer las cosas de cualquier manera y sí, en cambio, oficio, cabeza fría, capacidad lidiadora y valor, mucho valor, a espuertas. Y de todo eso puso Rafaelillo.

Le faltó emoción y raza en el primer tercio y se dolió el miureño en banderillas, llegando a la muleta perdiendo gas, reduciendo su recorrido a cada muletazo y cada vez con menos fuelle y opciones.
Bueno, en realidad, opciones no tuvo, pero desde el principio. Sin embargo, Rafaelillo se tiró a matar como si le fuera en ello la temporada y tras ser golpeado en el hombro por el pitón derecho del morlaco trastabilló debido a la descomunal potencia de su oponente y se fue al suelo. Allí le buscó el toro, con saña, con furia, con violencia, tirando a dar. Y lo bien cierto es que los pitones le pasaron muy cerca al torero murciano, que en esa foto que digo aparece sujetando con las manos el cuerno que buscaba la yugular.
Recordaba a la espeluzante cogida que sufrió Ponce -sí, sí, Ponce, aquí no se escapa nadie- en Valencia el día que dio la alternativa a Jesús Duque, sólo que el de Chiva no tuvo tanta suerte y se llevó una muy grave cornada que le atravesó desde la axila derecha hasta la clavícula izquierda. No tuvo tanta suerte, o sí, porque podía haber sido mucho peor. Y es que ese afán del toro buscando su presa también recordaba mucho a aquel otro que hace treinta años acabó con la vida del pobre Campeño en ese mismo ruedo venteño.

Peleó como un jabato Rafaelillo, consciente de lo que le iba en el envite, y al final pudo zafarse de la mole. Y ahí es donde emerge la figura majestuosa del torero. Cualquier otra persona, incluido el más intrépido y aguerrido campeón deportivo -no hablemos de un as del balompié…-, se hubiese retirado de la cancha dolorido y hecho fosfatina tras tal pelea y tamaña paliza. E incluso la inmensa mayoría se plantearía volver a ponerse en su vida ante una fiera semejante.

Pero el torero, no, el torero se alza, como si tal cosa, como si no fuese molido y su anatomía desencuadernada y se va de nuevo a la cara de su antagonista, hasta que acaba con él.
Esa es la diferencia y eso, al margen de la obra artística que luego sean capaces de moldear o diseñar, es lo que distingue a un simple ciudadano, aunque luzca pantalón corto y sea capaz de llenar estadios gigantescos, de un súperheroe vestido de seda y oro y con medias de color rosa. De un torero, que, en la plaza, es el ser humano más impresionante que existe y que es capaz de protagonizar un milagro a diario.

 

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